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Pablo era un líder religioso de Jerusalén que no creía que Yeshua fuese el Mesías. Hizo todo lo que pudo para perjudicar a los seguidores de Yeshua y encarcelarlos. Pero después de que Dios le habló en el camino hacia Damasco, la vida de Pablo cambió para siempre. A partir de ese día, viajó de un lugar a otro enseñando las Escrituras y hablándole a la gente sobre Yeshua.<br/>Pero los otros líderes religiosos de Jerusalén a diferencia de Pablo, seguían sin creer que Yeshua pudiera ser el Mesías prometido. “Pablo era uno de nosotros y ahora va enseñando mentiras”, se decían unos a otros. “¡Debemos detenerlo!”.<br/>Pablo fue arrestado y encarcelado. Los líderes religiosos querían que Pablo fuese juzgado por enseñar mentiras, pero Pablo sabía que él no había hecho nada malo. “El César decidirá si voy a juicio, no lo decidirán estos líderes religiosos”, dijo a Festo, el gobernador de Judea.<br/>(¿Sabías que el nombre hebreo de Jesús es Yeshua? De hecho, su nombre completo es Yehoshua, que significa “Dios es mi salvación”.) – Número de diapositiva 1
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Pablo era ciudadano romano, así que Festo estuvo de acuerdo en enviarlo a Roma. “¡Has apelado al César, por lo que comparecerás ante él!”, decretó. Entregó a Pablo y a otros prisioneros a un comandante romano llamado Julio.<br/>La misión de Julio consistía en llevar a los prisioneros hasta Roma en barco. Desde lo alto del puente de mando, contó a los cautivos: “Uno, dos, tres, cuatro… No quiero que saltéis por la borda y huyáis nadando”, les dijo.<br/>El barco partió de Cesarea y puso rumbo hacia el Puerto de Mira. Bajo cubierta, los prisioneros se juntaban y hablaban de Pablo: “He oído que enviaron cientos de soldados a arrestarlo”, aseguró uno de ellos. “Debe de ser un verdadero alborotador”.<br/>“Por suerte para él, Pablo es ciudadano romano“, señaló otro. “De no haber sido así, los jefes religiosos habrían ordenado su ejecución”. Los presentes asintieron. Todos en Jerusalén sabían que las autoridades odiaban a Pablo porque enseñaba que Yeshua era el Mesías. – Número de diapositiva 2
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En el Puerto de Mira, Julio se desplazaba de un lado al otro del muelle, inspeccionando los barcos. Ya era casi invierno y los mares estaban empezando a embravecerse. Julio frunció el ceño al ver las oscuras nubes grises. “Debo conseguir un barco más grande”, se dijo. Una nave de carga de grano sería más segura y más rápida que el pequeño navío que nos ha traído desde Cesarea”.<br/>Dirigiéndose a distintas tripulaciones, Julio preguntaba: “Viajo con un destacamento de soldados escoltando prisioneros ¿Hay alguien que disponga de espacio para nosotros en su nave mercante?”<br/>“Nosotros tenemos sitio”, afirmó un capitán. Descendió la pasarela para encontrarse con Julio, quien cerró con él el trato por los pasajes y luego condujo a Pablo y a los otros prisioneros al nuevo barco. <br/>El capitán quería partir rápidamente de Mira. En Roma había escasez de víveres y el César había ofrecido jugosas cantidades dinero a los mercaderes que llevaran grano a la ciudad durante los peligrosos meses invernales. “¡Soltad amarras!”, ordenó. “¡Timonel, rumbo a Roma!”. – Número de diapositiva 3
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El barco dejó atrás el puerto de Mira y surcó el mar Mediterráneo dirigiéndose hacia Roma. Pero pronto el tiempo cambió y el viento comenzó a soplar más y más fuerte. Pablo y Julio estaban en cubierta y miraban fijamente el cielo. “No me gusta el aspecto de esas nubes”, dijo Julio.<br/>El barco avanzaba dificultosamente por las aguas, lento como un caracol. “El viento es demasiado fuerte”, gritó el capitán a los marineros—. Viraremos hacia la costa de Creta para resguardarnos de la tempestad”.<br/>Enormes nubes aparecían en el cielo y los vientos soplaban con violencia desatada. Por mucho que se esforzaban los marineros, no conseguían que el barco navegara más rápido. – Número de diapositiva 4
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Unos días después, el barco arribó a un lugar llamado Buenos Puertos, en la isla de Creta. Pablo enrolló su esterilla de paja y se acercó al capitán. <br/>“Ya ha pasado el Yom Kippur”, señaló. “Si seguimos navegando, este viaje acabará en desastre”.<br/>El capitán y los marineros no tomaron en serio la advertencia de Pablo: “Deja que nos encarguemos de este barco. Sabemos lo que estamos haciendo”.<br/>“Si nos quedamos en puerto evitaremos las tormentas de invierno”, insistió Pablo. “¿No sería mejor zarpar hacia Roma cuando los mares se calmen?”.<br/>Pero el capitán estaba decidido: “Mañana navegaremos hacia Fénix. Podemos quedarnos allí durante el invierno si el clima no es bueno”. Pablo suspiró y sacudió la cabeza. Temía que el capitán hubiese tomado una mala decisión. – Número de diapositiva 5
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Con viento en las velas, el barco surcaba el Mediterráneo. El capitán permanecía de pie en la popa, apoyado en un remo. “No te preocupes”, dijo a Pablo. “He tomado la decisión correcta. Estaremos en Fénix mañana por la mañana”.<br/>Pero mientras el barco navegaba hacia Fénix, los vientos se transformaron en una intensa galerna. Pablo tomó el timón y miró las nubes negras que cubrían el barco. <br/>“Vamos derechos hacia una catástrofe”, pensó.<br/>La tripulación miraba aterrorizada hacia las alturas. Los marineros sabían perfectamente qué significaba aquel tiempo: ¡el barco iba a verse atrapado por una tempestad fatal! – Número de diapositiva 6
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Olas gigantes comenzaron a embestir la nave: “¡Rápido! Preparad el bote salvavidas y los remos”, ordenó el capitán”. Los marineros arrastraron el bote sobre la cubierta y amarraron los remos a los laterales. Arriaron de los mástiles e hicieron correr sogas alrededor del barco para mantenerlo unido. <br/>Los vientos azotaban la proa y las olas rompían sobre barco. “¡Si la tormenta continúa, podríamos irnos a pique!”, gritó el capitán. Los corazones de los marineros palpitaban desbocados debido al miedo. No querían morir ahogados en el mar. Se ataron con cuerdas a los mástiles y resistieron como pudieron. – Número de diapositiva 7
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A la mañana siguiente, el capitán tomó una decisión: “El barco lleva demasiado peso. Tiraremos parte de la carga por la borda”.<br/>Rápidamente, Pablo y los prisioneros cargaron con pesados sacos de maíz y semillas y los arrojaron al agua. “¡Deshaceos también del aparejo!”, gritó alguien. Y lanzaron las cuerdas y las cadenas al mar.<br/>Los truenos retumbaban con estruendo y los relámpagos iluminaban el cielo. El barco estaba ahora a merced del viento y el oleaje. “¡Estamos perdidos!”, gemían los marineros. Estaban demasiado mareados para controlar el barco: “¡Nunca llegaremos vivos a Roma!”. – Número de diapositiva 8
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Pablo se puso en pie con dificultad y dirigió a los hombres temblorosos: “Si me hubierais hecho caso y nos hubiésemos quedado en el puerto de Creta, no estaríamos en medio de este embrollo”. Los hombres se habían tumbado sobre la cubierta con los brazos aferrados a sus estómagos. ¡Se sentían demasiado débiles, incluso para comer o para hablar! <br/>“Mas no temáis”, les animó Pablo, girándose también hacia el capitán. “Un ángel de Dios me anunció que comparecería ante el Emperador de Roma. Este barco llegará a tierra firme, a una isla, pero Dios nos salvará”.<br/>El capitán se aferró al mástil del barco a la deriva y asintió. “Espero que Pablo tenga razón”, murmuró—. “Cualquier destino sería preferible a navegar en esta terrible tormenta”. Necesitaba localizar el sol y las estrellas para dirigir el barco, pero unas gruesas nubes negras cubrían el cielo. La tripulación comenzó a perder la esperanza de salvarse. – Número de diapositiva 9
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En la decimocuarta noche, víspera de la Fiesta de los Tabernáculos, los hombres oyeron un ruido extraño. ¿No era aquél el sonido de las olas rompiendo contra las rocas? Se pusieron en pie de un brinco y escrutaron la oscuridad.<br/>Un marinero lanzó una cuerda de medición para ver cuán profunda era el agua en ese punto. “¡Ciento veinte pies de profundidad!”, anunció. Un poco más allá, soltó la cuerda de nuevo: “¡Noventa pies de profundidad!”. La tripulación lanzó las manos al aire y saltó de alegría. Se acercaban a tierra firme.  <br/>Preocupado por que el barco chocara contra las rocas, el capitán gritó: “¡Soltad las anclas! Nos quedaremos aquí hasta el amanecer”. Los marineros empujaron las cuatro anclas hasta dejarlas caer por la borda y el barco se detuvo bruscamente. El capitán suspiró aliviado. ¡La embarcación se había salvado! – Número de diapositiva 10
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Varios marineros estaban hartos de pasar penurias y querían volver a sus hogares. Trazaron un astuto plan. “Tomaremos uno de los botes salvavidas y remaremos hasta la costa”, susurraron entre ellos. Sigilosamente, procurando que nadie les viera, bajaron un bote salvavidas al agua.<br/>Pablo descubrió lo que los marineros estaban haciendo e hizo un aparte con Julio. “Si esos marineros escapan, no tienes esperanza alguna de salvarte” dijo Pablo. “Ordena a tus soldados que los detengan”.<br/>Los soldados romanos desenvainaron sus espadas y cortaron las cuerdas del bote salvavidas. “¿Cómo llegaremos ahora a nuestro hogar?”, —se lamentaron los marineros. Se sentaron en el bote salvavidas, mirando con mala cara a los soldados. – Número de diapositiva 11
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Justo antes del amanecer, Pablo reunió a los hombres en cubierta. “Comed algo”, les aconsejó. “Debéis manteneros fuertes. Recordad que Dios prometió salvar nuestras vidas. Nadie va a morir”.<br/>Los estómagos de los hombres protestaban ruidosamente. ¡Ninguno había comido en varios días y estaban hambrientos como lobos!<br/>Cuando amaneció, la tripulación finalmente avistó tierra firme. Contemplaron en silencio una playa arenosa al otro lado de la bahía. “Mirad esa franja de arena”, dijo el capitán señalando hacia la playa. “Desembarcaremos allí”. – Número de diapositiva 12
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Los marineros obedecieron rápidamente. Levaron las anclas y desamarraron los remos, y el barco dio una sacudida hacia adelante a través de las olas que lamían su casco De pronto, la embarcación impactó contra un arrecife oculto, tal como el capitán temía, y comenzó a hacerse pedazos en las rocas.<br/>“¡Tenemos que salir de aquí!”, gritaban los marineros. Moviendo sus brazos como molinos, los hombres nadaron hacia la playa tan rápido como pudieron. Los soldados romanos dijeron a Julio: “¡Mata a los prisioneros para que no escapen!” Más Julio negó con la cabeza: “No, tengo que salvarle la vida a Pablo. Él debe comparecer ante el César en Roma”.<br/>Uno por uno, Pablo y los prisioneros se zambulleron y cruzaron la bahía a nado hasta llegar a la orilla. Estaban cansados de esta aventura de mar y no veían la hora de tocar tierra. – Número de diapositiva 13
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Tal y como lo había prometido Dios, Pablo y los hombres llegaron sanos y salvos. Se hallaban en una isla llamada Malta, cuyos habitantes se mostraron dispuestos a ayudarles. Recogieron pedazos de madera e hicieron una gran fogata para que los recién llegados entraran en calor.<br/>Los hombres se agolparon alrededor del fuego riendo y dando zapatazos, contentos de estar calientes y secos de nuevo. Pablo estaba complacido de verse en tierra para la Fiesta de los Tabernáculos. Quedamente, le dio Gracias a Dios por haberles salvado la vida.<br/>Mientras Pablo se calentaba junto al fuego, una víbora venenosa se deslizó hacia él y alcanzó a morderlo en la mano. “¡Este hombre debe de ser un asesino!”, exclamaron los lugareños. “Ha salido con vida del naufragio, pero no sobrevivirá a esta mordedura de víbora”.<br/>La gente miraba a Pablo para ver qué le sucedía. Pero Pablo arrojó la víbora al fuego sin inmutarse. Todos sacudieron sus cabezas, maravillados. “¡Este hombre debe de ser un dios!”, concluyeron. “¿De qué otra manera podría seguir vivo?”. – Número de diapositiva 14
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Publio, el gobernador de Malta, ofreció a los visitantes un lugar para alojarse. Cuando Pablo se enteró de que el padre de Publio estaba enfermo, rezó pidiéndole a Dios que sanara al doliente. Después de esto, mucha gente se presentaba ante Pablo en busca de curación. Todos lo trataban con respeto y le hacían obsequios.<br/>Transcurridos tres meses, el capitán estaba ansioso por irse. Consiguió otro barco y convocó a sus marineros: “Partimos hacia Roma”.<br/>El capitán no se había olvidado de Pablo y de los prisioneros. “Prepara a tus hombres”, dijo a Julio. Como el resto de cautivos, Pablo cruzó el muelle presuroso, listo para embarcar. Había disfrutado ayudando la gente de Malta, pero Dios lo quería en Roma. ¡Era hora de presentarse ante el César, el poderoso Emperador! – Número de diapositiva 15
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